Déjame que te cuente una historia sobre una canción. La verdad es que me ha pasado varias veces, pero esta en concreto la empecé hace tiempo y ahora es uno de los temas de los que más orgulloso estoy.

Como ya sabréis porque lo he contado en muchos vídeos, yo siempre empiezo improvisando al piano. Si algo me llama la atención, es ahí donde me quedo trabajando la idea, y de ahí ya paso al DAW. Con esta pasó justo eso: improvisé, me llamó la atención al momento, la grabé y seguí trabajándola. Y entonces, sobre todo me pasaba al principio de mi carrera como productor y compositor —ahora me pasa menos, pero a veces me pasa—, empezaron las dudas.

La primera: no era la canción más bailable del mundo. No iba a ser la que pinchen todos los DJs del género. La segunda, más técnica y más rara: cuando toqué la melodía, me di cuenta de que la frase no duraba lo normal. Lo habitual en música electrónica de baile es que la pregunta-respuesta de una melodía se resuelva cada cuatro compases, o en bloques de ocho. La mía se resolvía cada seis. Eso descuadraba todo — los DJs suelen mezclar en bloques de ocho, y ahí tenía un patrón de seis metido con calzador.

Dos razones perfectas para desecharla. Y aun así, no lo hice.

Confía en tu primera sensación, no en el juicio que viene después

Aquí está la idea central, y quiero que te la lleves aunque no leas nada más: si algo te llamó la atención cuando lo compusiste, esa sensación era real. Lo que pasa después —cuando lo escuchas al día siguiente y piensas «no sé, esto no sé si vale»— no es que la idea haya empeorado. Es que le has metido juicio encima.

Es lo que le pasa a casi todo el mundo: compones algo, te entusiasma, y esa misma tarde o al día siguiente lo escuchas otra vez y ya no te convence igual. Y ahí es donde la mayoría abandona la idea. Pero esa primera sensación con la que la compusiste era buena. Confía en ella. Dale una oportunidad al trabajo. Sumérgete otra vez en esa sensación inicial y termina el track.

Yo seguí adelante con el mío. Le puse percusión debajo, fui viendo cómo funcionaba, y con el trabajo me fui enamorando cada vez más de la canción. Puede que no sea el tema más bailable del mundo. Pero es una canción que habla de mí, que salió de mis manos y de mi emoción, tal y como soy. Y ese es el resultado que importa.

Por si te pica la curiosidad, la canción es esta:

Lo de la frase de seis compases lo dejé tal cual

Con el problema técnico hice lo mismo: no lo arreglé para encajar en el molde. Sea más pinchable o menos pinchable, me daba igual. Lo dejé como había salido, porque forzarlo a la estructura habitual le habría quitado justo lo que lo hacía distinto.

Y esto no es una excepción mía. Llevo veinticinco años haciendo música y sigo teniendo esa vocecita que te hace dudar de una idea. Todos luchamos contra ella, hasta los que llevamos más tiempo. La diferencia no es que a mí ya no me pase — es que ahora sé que va a pasar y no dejo que me pare.

Por qué de verdad no terminas los tracks

Además de este juicio que llega tarde, hay otras cosas muy concretas que te frenan, y conviene que las identifiques:

Empiezas siempre por lo divertido

Abres el DAW, sacas un sonido guapo, montas un loop de ocho compases que suena de lujo, lo escuchas en bucle cuarenta minutos… y te quedas ahí. Esos ocho compases dan un subidón que no da ninguna otra parte del proceso. Lo que viene después —la transición, el segundo breakdown, el outro— es trabajo, y como no da el mismo subidón, abres un proyecto nuevo y vuelta a empezar. Coleccionas loops, no haces canciones.

No sabes cómo se estructura un track

Mucha gente no termina porque, sencillamente, no sabe qué va después del breakdown. Y en vez de reconocerlo, se dice a sí misma que «no le está saliendo». Un track de club tiene una arquitectura bastante concreta, con sus tiempos y sus funciones. No es una camisa de fuerza, pero es un mapa. Sin mapa, es normal que te pierdas en el minuto dos.

Mezclas mientras compones

Llevas tres horas en el mismo hi-hat. Le has cambiado el sample nueve veces, le has puesto y quitado reverb. Y el track sigue teniendo ocho compases. Componer y mezclar son dos modos mentales distintos que no pueden convivir. Uno propone, el otro juzga. Si los mezclas, el que juzga siempre gana, y el que propone se calla.

El track ideal de tu cabeza no existe

Tienes en la cabeza una versión perfecta del track, y lo que sale de los altavoces nunca es esa versión. Spoiler: esa distancia no se cierra nunca. Lo único que cambia con los años es que ya sabes que va a pasar y no dejas que te pare.

Termina el track. Luego ya decides

Ese es el orden, y no al revés. Termínalo primero. Después, si quieres, le das una vuelta, cambias algo, lo ajustas. Pero termínalo antes de juzgarlo.

Y una última cosa, porque es real y a mucha gente le frena sin decirlo: si al final ningún sello la quiere, la sacas tú por tu cuenta. Le das tú la promoción, haces el vídeo que quieras, la portada que quieras, y dejas que el mundo decida hasta dónde llega. No necesitas el permiso de nadie para terminar algo que salió de ti.

Si quieres verme componiendo esa canción entera, con sus dudas incluidas, lo grabé todo en este vídeo. Y si lo que te frena de verdad no es solo terminar sino no saber por dónde seguir cuando algo no te convence, échale un ojo a lo que escribí sobre el síndrome del impostor — van de la mano.

Ánimo, mucha música y cualquier cosa, no dudes en escribirme!